El hombre que fue Chesterton


Aunque por aquí haya pasado bastante desapercibido, el 14 de junio se ha cumplido el septuagésimo quinto aniversario del fallecimiento de aquel espíritu bondadoso y jovial que llevó en su existencia terrena el nombre de Gilbert Keith Chesterton.
Jesús Laínz    


Aunque por aquí haya pasado bastante desapercibido, el 14 de junio se ha cumplido el septuagésimo quinto aniversario del fallecimiento de aquel espíritu bondadoso y jovial que llevó en su existencia terrena el nombre de Gilbert Keith Chesterton, GKC para los amigos –y también para sus enemigos, que no fueron pocos, como corresponde a todo hombre grande.
Y, efectivamente, muy grande fue desde varios puntos de vista, empezando por unas medidas corporales que le convirtieron en el hombre más cortés de Inglaterra, capaz de ceder su asiento en el tranvía a dos mujeres de una vez.
También fue grande como novelista, ensayista y polemista de pluma infatigable: escribió más de cien libros y varios miles de artículos que algunos editores británicos, empeñados en publicar sus obras completas, siguen desenterrando tres cuartos de siglo después de su muerte.
De Chesterton podrían recordarse muchas cosas: su incesante búsqueda de la verdad; su esencial influencia en la conversión al Cristianismo de muchas personas, célebres (como C. S. Lewis) o anónimas, tanto en sus días como en los nuestros; su incansable batallar por la justicia y la bondad; su influencia en la cultura, la religión y la política sobre todo en su patria; su talento literario; o, lo que sin duda será menos conocido pero también es especialmente valorado por el que suscribe, su desinterés por el llamado verso libre, al que consideraba una revolución en el arte poética equivalente a la que representa en la arquitectura el dormir a la intemperie; y su malestar por la música de fondo que, ya en sus días, comenzaba a invadirlo todo, lo que le sacaba de quicio porque, según explicó en alguna ocasión, cuando iba a comer a un restaurante lo que le interesaba era comer y charlar con sus acompañantes, no escuchar música, del mismo modo que cuando iba a un concierto no se llevaba la fiambrera.
Pero ya que de todo esto seguro que se ha hablado más y mejor en lugares más autorizados que éste, quizá corresponda mencionar aquí su amor por una España no siempre bien comprendida y valorada en la tierra que le vio nacer.
Por ejemplo, apuntando a la línea de flotación, combatió la muy arraigada creencia que en Inglaterra se tiene de que Felipe II fue la encarnación perfecta de la más sombría intransigencia religiosa. Durante muchas generaciones los ingleses han mantenido la imagen de España como una nación despótica e intolerante y la de dicho monarca como un tirano contra el que la pacífica nación inglesa no tuvo más remedio que enfrentarse. Esta idea de Inglaterra como último reducto de la libertad en tiempos tiránicos está grabada a fuego en las conciencias de sus ciudadanos a través de la condena sin matices de figuras como el citado Felipe II, Napoleón, Guillermo II y Hitler y del simultáneo enaltecimiento de sátrapas como Enrique VIII o vándalos como Oliver Cromwell. Chesterton, por el contrario, advirtió en varias ocasiones a sus compatriotas que “olvidamos que los enemigos religiosos de Felipe II eran en su mayoría calvinistas y hombres todavía más sombríos que él, y sombríos por principio tanto como por accidente”.
Reflexionando sobre el monasterio de San Lorenzo del Escorial como símbolo de la España imperial, opinó Chesterton que “durante mucho tiempo el Escorial ha representado a Felipe II y Felipe II ha representado a España. Todo lo que es duro y sombrío en ese palacio en particular de ese príncipe particular ha sido asociado con todo un pueblo que no es en realidad duro ni sombrío, sino, en muchos aspectos, sumamente cordial y generoso. España es la patria de la novela picaresca y de la comedia de enredo, y no es triste como el Escorial, sino alegre como Tom Jones”.
Y, del ensayo al verso, escribió un maravilloso poema destinado a alabar el empeño de España en su lucha contra la amenaza musulmana mientras otros países europeos, como Francia o su propia patria, se desentendieron de ello o incluso llegaron a dar su apoyo al turco. Vaya el recuerdo de estas estrofas, de una incorrección política que hoy le habría valido el anatema de la Santa Madre Iglesia Progre, como el mejor homenaje que se le puede hacer desde tierra española:
“Corren las blancas fuentes en los patios soleados
y, mientras juegan, ríe el Sultán de Bizancio;
en su temido rostro, cual las fuentes, su risa,
que la maraña obscura de sus barbas agita
y abre la media luna sangrienta de sus labios
porque al cerrado mar estremecen sus barcos,
retaron las repúblicas de los cabos itálicos
y echaron del Adriático al León de San Marcos.
Tendió el Papa los brazos entre pena y quebranto:
la Cruz pide su espada a los Reyes Cristianos.
La Reina de Inglaterra se remira en su espejo;
y el enclenque Valois en misa da un bostezo;
truenan en lejanas islas los cañones de España,
y el rey del Cuerno de Oro al sol ríe y solaza.
[…]
Y se ríe a través de su barba galana
de los tronos del mundo, su cabeza levanta
cual bandera de cuantos aman la libertad.
¡Bese el sol a nuestra España,
y a África mal rayo parta!
Don Juan de Austria
cabalga hacia el mar.
[…]
Cañonea Don Juan –su nave tinta en sangre
las olas cual bajel pirata torna almagre–
va la púrpura en ríos sobre el oro y la plata;
saltan las escotillas a recios golpes de hacha,
y surgen los cautivos: son cientos, millaradas,
pálidos y dichosos, cegadas las miradas.

¡Dómino gloria!

¡Viva España!

¡A los cautivos
libró Don Juan de Austria!

[…]

En la galera envaina Cervantes su tizona
(regresa Don Juan de Austria, de lauros se corona)
y se ve sobre las tierras fatigadas de España
un caballero flaco que incansable cabalga,
y sonríe, y retorna el acero a la vaina
(pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada)”.